Amanecer

Amanece en el verde de tus ojos, en tus pupilas. Eso es lo que veo desde donde estoy: la libélula que cuelga del techo, a mis espaldas y el cielo que se va aclarando.

Tú no me estás mirando. Desde que decidiste que querías verme solo de vez en cuando y con ciertas condiciones, ya no es igual. Sentimos lo mismo, eso lo sé, pero te aterra mirarme a los ojos. Tienes miedo de no poder desprenderte de mí.

Es la primera vez que nos vemos en tres meses en los que apenas hemos hablado. Una noche se ha hecho corta y no puedo decirte nada. En unas horas todo volverá a la normalidad y este rato quedará como si no hubiera existido jamás.

Yo me quedaré de nuevo esperando tu llamada. Me alegraré, como siempre, de verte. Disfrutaré al máximo el retazo de tu vida que te dignas a darme.

Esas cosas pasan cuando las almas cobardes se encuentran a deshoras. Divagan. Pero pasa todo el tiempo. No hay que darle demasiada importancia.

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