Monólogo en pretérito perfecto simple o pretérito

(Frente a un espejo en un vestuario de un viejo teatro)

¿ACTRIZ, YO? ¡Ja! yo lo que soy es masoquista… masoquista y reincidente, es que tú no te imaginas la cantidad de veces que me he dicho ¡YA BASTA! ¡RENUNCIO!, ¡NO MÁS! Pero siempre hay algo, siempre vuelvo y eso, me vas a perdonar, pero no puede ser otra cosa que masoquismo puro y duro.

Y mira que mi mamá me lo ha dicho, pero mi’jita ¿Hasta cuándo?… pero si eso digo yo ¿Hasta cuándo? Ah, pero eso no era lo que me decía la vieja cuando de chiquita me metía en cuanto acto cultural hacían en el colegio, ¡ah!, ahí sí, pero ahora qué si de qué vas a vivir, mi amor que ya no estás tan joven para esas cosas, que mejor búscate un novio...

Y es que yo no me explico cómo entonces es que a una le pueda gustar esa horrible sensación de lanzarse al vacío y ver qué pasa; repetición dicen los que saben, pero eso no lo hace menos vertiginoso. Claro que hay gente que para buscar adrenalina busca deportes extremos, yo no… a mí se me tenía que ocurrir hacer teatro… ¡qué vaina!

A ver… ¿Qué será que me pongo? Negro, claro, el negro siempre ayuda, pero habrá que llamar un poco el chi porque capaz y ni se enteran… a ver (al espejo, poniéndose algo amarillo) Bicho ¡NO! Amarillo ni de vaina porque es pavosísimo, con esto no me aceptan ni que fuera Glenn Close. (Saca algo colorido no amarillo, ni rojo) Bueno, esto está mejor.

Ajá… respirar… calentar la voz mamemimomumomimema… pa, pa. Po respiración diafragmática, relajación Ommmm. Soltar los músculos… (haciendo morisquetas al espejo)

¡Ay!, ¿y que zapatos?… descalza claro, es que descalza es más dramático.

Y todo ¿para qué? Para que de repente en el momento del clímax total, oigas un celular en el público entonces llega y en susurros —que se oyen más que si hablara normal— “si, fulanito, es que estoy en el teatro¿qué? No te oigo… en el teatro… bueno okay.” O si no es alguien al que le dio hambre y oyes escondidito el ruido del papel, cuando lo están abriendo mientras que uno se muere de hambre porque resulta que no puedes comer tres horas antes de la función porque se te ensucia la glotis y ¿quién sabe?

Entonces, ¿masoquismo o no? Bueno, ni hablar de los que se retuercen en las sillas o simplemente se levantan y adiós… pero así es la vida, sólo esperando que por lo menos a una persona llegues a conmover ¡Qué esperanza!

Eso sí a mi, nada de dramas porque —hay que aceptar las limitaciones— es que no sé, me veo y no me siento cómoda, no me siento de verdad, ¿qué quieres ver? Mira (Llora) ¡Ay no! yo prefiero la caracterización, la comedia, los musicales (canta el tema de Anita la huerfanita)

Y una vez ahí paradita sientes que se te va a salir el corazón que se te va a olvidar el texto, que te quedas en blanco y vuelves a preguntarte ¡Dios mío!, ¿quién me dijo a mí que me metiera en esta vaina?… Pero ya estás ahí, respiras profundo y te lanzas… ¡qué maravilla! (rompiendo el ensueño) ¿Qué, que ya me toca?… Bueno, allá vamos ¡MIERDA! (ya corriendo) Sí, sí, soy yo… Ya voy.

¡Dios, cómo odio las audiciones!

Comentarios

Anónimo dijo…
Jejejeje! Pues sí, masoquismo puro y duro, por eso es que uno se presta a estas vainas.
Anónimo dijo…
En todas las vocaciones, profesiones, oficios y trabajos hay algo de esto. Hay placer, apasionamiento y perseverancia a pesar de la inseguridad, el sufrimiento, el esfuerzo y los desencantos. Es parte de la vida. Es tratar de hacer lo que uno puede o desea. No queda otra. Te remito a "La Caverna" de Jose Saramago; vale la pena leerla.
Lillian G

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